sábado, 6 de diciembre de 2014

ANDALUCÍA

Ayer colgué una foto de la Alhambra en la pared de mi mesa de estudio. Al fondo se ve Sierra Nevada. Es una foto legendaria, tomada millones de veces y desde miles de ángulos. Todos la hemos visto alguna vez. En mi opinión, la Alhambra no es sólo el conjunto arquitectónico más bonito de España: es también el más fotogénico, y como tal, si me preguntáis por la imagen que más me gusta y la que mejor identifico con mi país, es esta: la foto de la Alhambra con Sierra Nevada al fondo. Es una foto que me relaja y me trae muchos recuerdos. 

Adoro recordar los tiempos en que mi padre me despertaba temprano, junto a mis hermanos, para ir a esquiar. Era molesto, el zumo no me entraba para nada a esas horas, y el frío era inaguantable. Pero me gusta recordar aquellos tiempos. Me gusta recordar que, cuando conducíamos a Granada, me quedaba dormido, ajeno a los gajes de cualquier oficio y soñando sin la molestia de la crispación de los adultos y el desastre organizativo de la sociedad en la que crecí. Vaya, que todos los hermanos, en nuestra adolescencia, delegábamos toda la indignación a mi padre, que la descargaba sobre otros conductores, dependientes, funcionarios, empleados suyos, etc. Me gustaba parar en los Abades para tomarme esa tostada de paté que siempre entraba mejor que la de Sevilla.

Me gusta también recordar los tiempos del colegio. El equipo de fútbol; las quedadas con amigos, obviamente sin las preocupaciones de ahora; los espectáculos del 'Salón de Actos' de las Carmelitas, normalmente días antes de Navidad. Me gustaba la navidad y el ambiente en la familia. Me gustaba estar en Sanlúcar, jugar al ordenador, con los perros, echar un 'campo a campo' con mi hermano en la pista de tenis. Me gustaba 'jugar en grande', un eufemismo para 'jugar a las casitas'; aunque había pistolas de mixtos de por medio, todo hay que decirlo. Un buen día descubrí el gran potencial de una cámara de vídeo para hacer mis primeros pinitos en la actuación. Hubo algunas escenas míticas, como cuando, con mi perro Ruso al volante de un Suzuki, choqué contra la valla de la pista de tenis. El vídeo, tristemente, se borró al grabar otra cosa con esa cinta.

Pero vamos, que me desvío del tema. Todo esto ocurrió en mi juventud, y ocurrió en Andalucía. Ahora que vivo en Alemania, invoco con mucha frecuencia este tipo de recuerdos. Pero, a diferencia de la práctica totalidad de los españoles en el extranjero, me resisto a caer en la tentación de echar de menos ''Andalucía'' en sí, la tribu, sino que me centro en esos recuerdos precisos con Andalucía como mero complemento circunstancial de lugar. A ver si me explico mejor: paso de aquel argumento de decir 'Andalucía es lo mejón del mundo', porque si de algo me he dado cuenta en mis viajes, es que el lugar es dado, no logrado; y que uno no puede estar orgulloso de lo que ha obtenido por azar, sino por lo que ha conseguido con su esfuerzo. Que lo 'mejón', en definitiva, es lo que uno considera como conocido por tener ahí concentrados a todos sus seres queridos; y claro, si uno no ha salido apenas, obviamente siempre considerará Andalucía como su casa indiscutible. Una casa que parece tener una hipoteca de milenios. 

Para yo echar de menos Andalucía como algo más que un complemento circunstancial de lugar, es decir como apreciado escenario de mis recuerdos, siento que me falta algo muy importante, y es el sentimiento del logro, no el sentimiento de que se me ha dado algo. Porque además no creo que se nos haya dado mucho a los andaluces. Antes al contrario,se nos ha quitado bastante, entre dinero y prestigio, el primero por iniciativa de los gobernantes y el segundo por su incomparecencia. La solución lógica sería animar al pueblo andaluz a que despertara, pero claro, como en una pescadilla que se muerde la cola, a ese andaluz convencido de que Andalucía 'es lo mejó' no le cabrá nunca en la cabeza la posibilidad de que haya otras tierras lejanas donde al pueblo se le ha dado más de lo que se le ha quitado. Y ante la melancolía resultante, a uno solo le queda volver a mirar la foto de la Alhambra con Sierra Nevada al fondo y disfrutar con los recuerdos, que es lo único que no le pueden quitar a uno.