sábado, 24 de enero de 2015

DE ORGÍAS Y VIVIDORES

Estuve por última vez en Grecia hace 9 meses, en Salónica, a mi vuelta de Israel. Es la típica ciudad mediterránea, con su paseo marítimo, sus toldos, sus mercados y su calorcito estival ya en primavera. También su Torre Blanca, que a cualquier sevillano recuerda a la Torre del Oro. Se trata de una edificación otomana que hace dos siglos se ganó el nombre de 'torre sangrienta' por la matanza de los prisioneros que se hallaban dentro. 

Salónica es la ciudad perfecta para cansarse, por sus innumerables cuestas que conducen, arriba, a su fortaleza. Allí encontré a un californiano que se había recorrido toda Europa en bicicleta y cuya meta era la India: pasaría por Turquía, Irán y Pakistán. Al bajar de nuevo al centro de la ciudad, no sabía qué me podía más, si el hambre o la sed. Empecé a buscar restaurantes tal como bajaba, y como no me quedaba dinero en efectivo, lo primero que preguntaba en cada entrada era si se podía pagar con tarjeta de crédito. No exagero si digo que sólo aceptaban efectivo en los seis o siete primeros restaurantes en los que pregunté. Finalmente llegué a una terraza en la que no había nadie sentado, en un restaurante que, por los muebles, parecía caro. Me dije que ahí tendrían que aceptar tarjetas. Al preguntar al camarero, me dejó aliviado cuando me dijo que sí. Me bebí la botella de agua de sopetón y me comí una ensalada que no era del otro mundo y que me costó 8 euros. Al pedir la cuenta, mi sorpresa fue máxima cuando el camarero me dijo que tenían ''averiado'' el sistema de pago de tarjeta.

Me indignó su excusa, porque había decidido comer en un sitio que no era de mi agrado sólo porque era el único en el que aceptaban tarjetas. El camarero, obviamente, me había metido una trola para que me quedara a comer. Me ofreció una solución: cruzar la calle y que el dueño de un bar amigo (más solvente, se supone) me pasara la tarjeta. La escena fue surrealista. Entrar en un bar, escoltado por el camarero que te acaba de servir en otro sitio, y darle la tarjeta a alguien con el que no has tenido nada que ver. 

Esta es la situación actual de Grecia. Hay varias razones por las que no se permite el pago con tarjeta:

  • Al igual que en el mercado de La Salada, en Argentina, todo comercio que solo acepta dinero en efectivo es un comercio que escapa más fácilmente a los inspectores de Hacienda. El pago con tarjetas de crédito supone un control a rajatabla del pago de impuestos como el IVA. Por eso en Nueva Zelanda, en el siglo XXI, cualquiera puede pagar con tarjeta de crédito hasta en el establo de una granja.
  • El restaurante que acepta el pago con tarjeta se arriesga a que el banco que aporta ese crédito quiebre antes de fin de mes, dada la situación actual del país. 
  • Con la crisis actual, el dinero en efectivo o 'cash' cae, para todo negocio griego, como agua de mayo.

Ayer por la noche, en el debate de La Noche en 24H sobre las elecciones en Grecia, Alfonso Rojo daba un ejemplo clarísimo de la responsabilidad de los griegos en su profunda crisis (palabra precisamente griega que significa cambio, algo que parece no llegar a aquellas tierras). Contaba el ejemplo de una pequeña isla, cuyo nombre no recuerdo, en el que había más de 300 ciegos registrados en la seguridad social, seis de ellos taxistas en activo. ''La isla con más ciegos del mundo'', decía el periodista. 

Todas las encuestas apuntan a que mañana ganará las elecciones Siryza, una formación que no va a ''devolver'' el poder al pueblo, un poder que nunca perdió, sino que va a devolver la buena vida y las orgías a un pueblo irresponsable, egoísta y que, como tantos otros en el Mediterráneo, no evoluciona.

lunes, 19 de enero de 2015

DRACUNCULIASIS ANDALUZA

No todo son malas noticias en los medios. Al menos, las buenas suelen ocultarse.

La dracunculiasis es una enfermedad próxima a la extinción. En 1989 contaba con un millón de enfermos, principalmente en África, mientras que hoy se ha reducido a un par de centenares de afectados, casi todos en Sudán. También llamada enfermedad del gusano de guinea, se trata de una patología en la que un nematodo (lombriz) se aloja bajo la piel de los seres humanos y crece, a veces hasta un metro de longitud. Cuando el animalillo ha alcanzado un desarrollo considerable, el filamento en que se ha convertido se parte en varios pedazos y arroja larvas que alcanzan el agua. En el agua, las larvas son consumidas por diminutos crustáceos llamados copepodos. Si una persona bebe del agua infectada, la larva se aloja bajo su piel y el ciclo vuelve a empezar. No es una enfermedad letal, pero provoca un profundo debilitamiento en quien la padece.

En mi humilde opinión, la Junta de Andalucía es lo más parecido a la dracunculiasis que existe en el día a día de los andaluces. Resulta que desde hace 35 años existe un nematodo gigantesco, que descansa sobre su ancho lomo en San Telmo apoyando su cabeza en Ayamonte y recostando los pies en Almería. Este nematodo se alimenta bajo la piel de Sierra Morena a base de uno de los impuestos más altos del país, y cada cuatro años eclosiona liberando miles de soflamas que caen en el agua contaminada de Canal Sur, el oro líquido del que se alimentan no pocos andaluces para calmar su sed bajo uno de los soles que más castigan en Europa. Así, pese a que ya hay muchos andaluces que conocen la maldad y los destrozos de este gran nematodo, se resisten a señalarlo como principal fuente de su debilidad, y apuntan a fuentes exteriores y aguas extrañas que no conocen y que por tanto les parecen sospechosas.

Saliéndonos de la metáfora de la dracunculiasis, uno podría utilizar un símil futbolero para que lo comprendan los más forofos. Esta semana, el Barça despedía a Zubizarreta como director deportivo a consecuencia del juego mediocre que lleva el equipo en los últimos tiempos. Un equipo que aún encabeza la tabla de la clasificación, pero que tiene, como 'equipo grande' que es, unas expectativas más altas que, digamos, el último de la tabla. Caer a los últimos puestos, y no digamos descender a segunda, sería un error difícil de digerir por este equipo. Es evidente que toda liga de fútbol cuenta con unos puestos de descenso, y es inevitable que todos los años bajen tres a segunda. Pues bien: fijaos que no es la democracia la que ha echado a Zubizarreta, sino el cuerpo directivo del FC Barcelona; son los directivos los que deciden en el Barça, los responsables, como con cualquier empresa privada.

Los directivos de Andalucía ya no son centuriones romanos con órdenes de Roma, ni reyezuelos godos que manden en Toledo. Tampoco califas cordobeses ni reyes cristianos. La Junta Directiva de Andalucía ya no es militar ni tiene su sede en Madrid. La Junta de Andalucía actual es el órgano de gobierno, es decir administración, organización de los andaluces que se la dieron por medio de un estatuto, y por tanto son los ciudadanos andaluces los que conforman esa directiva. Negar la responsabilidad al pueblo andaluz de mantener a este nematodo insaciable, que se protege a sí mismo lanzando larvas de enchufados y soflamas propagandísticas por aguas televisivas, es un error que nos condena al debilitamiento eterno.