Estuve por última vez en Grecia hace 9 meses, en Salónica, a mi vuelta de Israel. Es la típica ciudad mediterránea, con su paseo marítimo, sus toldos, sus mercados y su calorcito estival ya en primavera. También su Torre Blanca, que a cualquier sevillano recuerda a la Torre del Oro. Se trata de una edificación otomana que hace dos siglos se ganó el nombre de 'torre sangrienta' por la matanza de los prisioneros que se hallaban dentro.
Salónica es la ciudad perfecta para cansarse, por sus innumerables cuestas que conducen, arriba, a su fortaleza. Allí encontré a un californiano que se había recorrido toda Europa en bicicleta y cuya meta era la India: pasaría por Turquía, Irán y Pakistán. Al bajar de nuevo al centro de la ciudad, no sabía qué me podía más, si el hambre o la sed. Empecé a buscar restaurantes tal como bajaba, y como no me quedaba dinero en efectivo, lo primero que preguntaba en cada entrada era si se podía pagar con tarjeta de crédito. No exagero si digo que sólo aceptaban efectivo en los seis o siete primeros restaurantes en los que pregunté. Finalmente llegué a una terraza en la que no había nadie sentado, en un restaurante que, por los muebles, parecía caro. Me dije que ahí tendrían que aceptar tarjetas. Al preguntar al camarero, me dejó aliviado cuando me dijo que sí. Me bebí la botella de agua de sopetón y me comí una ensalada que no era del otro mundo y que me costó 8 euros. Al pedir la cuenta, mi sorpresa fue máxima cuando el camarero me dijo que tenían ''averiado'' el sistema de pago de tarjeta.
Me indignó su excusa, porque había decidido comer en un sitio que no era de mi agrado sólo porque era el único en el que aceptaban tarjetas. El camarero, obviamente, me había metido una trola para que me quedara a comer. Me ofreció una solución: cruzar la calle y que el dueño de un bar amigo (más solvente, se supone) me pasara la tarjeta. La escena fue surrealista. Entrar en un bar, escoltado por el camarero que te acaba de servir en otro sitio, y darle la tarjeta a alguien con el que no has tenido nada que ver.
Esta es la situación actual de Grecia. Hay varias razones por las que no se permite el pago con tarjeta:
- Al igual que en el mercado de La Salada, en Argentina, todo comercio que solo acepta dinero en efectivo es un comercio que escapa más fácilmente a los inspectores de Hacienda. El pago con tarjetas de crédito supone un control a rajatabla del pago de impuestos como el IVA. Por eso en Nueva Zelanda, en el siglo XXI, cualquiera puede pagar con tarjeta de crédito hasta en el establo de una granja.
- El restaurante que acepta el pago con tarjeta se arriesga a que el banco que aporta ese crédito quiebre antes de fin de mes, dada la situación actual del país.
- Con la crisis actual, el dinero en efectivo o 'cash' cae, para todo negocio griego, como agua de mayo.
Ayer por la noche, en el debate de La Noche en 24H sobre las elecciones en Grecia, Alfonso Rojo daba un ejemplo clarísimo de la responsabilidad de los griegos en su profunda crisis (palabra precisamente griega que significa cambio, algo que parece no llegar a aquellas tierras). Contaba el ejemplo de una pequeña isla, cuyo nombre no recuerdo, en el que había más de 300 ciegos registrados en la seguridad social, seis de ellos taxistas en activo. ''La isla con más ciegos del mundo'', decía el periodista.
Todas las encuestas apuntan a que mañana ganará las elecciones Siryza, una formación que no va a ''devolver'' el poder al pueblo, un poder que nunca perdió, sino que va a devolver la buena vida y las orgías a un pueblo irresponsable, egoísta y que, como tantos otros en el Mediterráneo, no evoluciona.