sábado, 6 de diciembre de 2014

ANDALUCÍA

Ayer colgué una foto de la Alhambra en la pared de mi mesa de estudio. Al fondo se ve Sierra Nevada. Es una foto legendaria, tomada millones de veces y desde miles de ángulos. Todos la hemos visto alguna vez. En mi opinión, la Alhambra no es sólo el conjunto arquitectónico más bonito de España: es también el más fotogénico, y como tal, si me preguntáis por la imagen que más me gusta y la que mejor identifico con mi país, es esta: la foto de la Alhambra con Sierra Nevada al fondo. Es una foto que me relaja y me trae muchos recuerdos. 

Adoro recordar los tiempos en que mi padre me despertaba temprano, junto a mis hermanos, para ir a esquiar. Era molesto, el zumo no me entraba para nada a esas horas, y el frío era inaguantable. Pero me gusta recordar aquellos tiempos. Me gusta recordar que, cuando conducíamos a Granada, me quedaba dormido, ajeno a los gajes de cualquier oficio y soñando sin la molestia de la crispación de los adultos y el desastre organizativo de la sociedad en la que crecí. Vaya, que todos los hermanos, en nuestra adolescencia, delegábamos toda la indignación a mi padre, que la descargaba sobre otros conductores, dependientes, funcionarios, empleados suyos, etc. Me gustaba parar en los Abades para tomarme esa tostada de paté que siempre entraba mejor que la de Sevilla.

Me gusta también recordar los tiempos del colegio. El equipo de fútbol; las quedadas con amigos, obviamente sin las preocupaciones de ahora; los espectáculos del 'Salón de Actos' de las Carmelitas, normalmente días antes de Navidad. Me gustaba la navidad y el ambiente en la familia. Me gustaba estar en Sanlúcar, jugar al ordenador, con los perros, echar un 'campo a campo' con mi hermano en la pista de tenis. Me gustaba 'jugar en grande', un eufemismo para 'jugar a las casitas'; aunque había pistolas de mixtos de por medio, todo hay que decirlo. Un buen día descubrí el gran potencial de una cámara de vídeo para hacer mis primeros pinitos en la actuación. Hubo algunas escenas míticas, como cuando, con mi perro Ruso al volante de un Suzuki, choqué contra la valla de la pista de tenis. El vídeo, tristemente, se borró al grabar otra cosa con esa cinta.

Pero vamos, que me desvío del tema. Todo esto ocurrió en mi juventud, y ocurrió en Andalucía. Ahora que vivo en Alemania, invoco con mucha frecuencia este tipo de recuerdos. Pero, a diferencia de la práctica totalidad de los españoles en el extranjero, me resisto a caer en la tentación de echar de menos ''Andalucía'' en sí, la tribu, sino que me centro en esos recuerdos precisos con Andalucía como mero complemento circunstancial de lugar. A ver si me explico mejor: paso de aquel argumento de decir 'Andalucía es lo mejón del mundo', porque si de algo me he dado cuenta en mis viajes, es que el lugar es dado, no logrado; y que uno no puede estar orgulloso de lo que ha obtenido por azar, sino por lo que ha conseguido con su esfuerzo. Que lo 'mejón', en definitiva, es lo que uno considera como conocido por tener ahí concentrados a todos sus seres queridos; y claro, si uno no ha salido apenas, obviamente siempre considerará Andalucía como su casa indiscutible. Una casa que parece tener una hipoteca de milenios. 

Para yo echar de menos Andalucía como algo más que un complemento circunstancial de lugar, es decir como apreciado escenario de mis recuerdos, siento que me falta algo muy importante, y es el sentimiento del logro, no el sentimiento de que se me ha dado algo. Porque además no creo que se nos haya dado mucho a los andaluces. Antes al contrario,se nos ha quitado bastante, entre dinero y prestigio, el primero por iniciativa de los gobernantes y el segundo por su incomparecencia. La solución lógica sería animar al pueblo andaluz a que despertara, pero claro, como en una pescadilla que se muerde la cola, a ese andaluz convencido de que Andalucía 'es lo mejó' no le cabrá nunca en la cabeza la posibilidad de que haya otras tierras lejanas donde al pueblo se le ha dado más de lo que se le ha quitado. Y ante la melancolía resultante, a uno solo le queda volver a mirar la foto de la Alhambra con Sierra Nevada al fondo y disfrutar con los recuerdos, que es lo único que no le pueden quitar a uno.

jueves, 4 de septiembre de 2014

ESE 16%

Esta semana hemos tenido la noticia, y luego el debate, alentado por los medios, de que sólo el 16% de los españoles estaría dispuesto a defender España ante una invasión. Luego ha sucedido lo de siempre: comentarios de iluminados que sugieren que ya estamos invadidos, aunque sea por la corrupción; encuestas en los periódicos, como la de El Mundo, en la que los cibernautas mostraron gran arrojo y patriotismo desde las butacas de sus casas para votar -en un 66%- que sí, que ellos sí tendrían huevos de empuñar las armas; y los necesarios porcentajes por comunidades que sugerían que los navarros son los que se sienten menos comprometidos con España mientras que los melillenses son los que más.

Todo esto me ha recordado una pregunta que me hizo una conocida en Sevilla, durante mis vacaciones, hace escasos dos meses. Me preguntó que, si me quejaba tanto de España, por qué no me quedaba en el país para arreglarlo en vez de emigrar. Mi respuesta se redujo a un vanidoso ''ya lo he intentado, amiga'', porque explayarme en una contestación más sustanciosa habría supuesto más vanidad aún. Pero me voy a permitir aquí descargar todo el envanecimiento que me corroe en cuanto a las acciones cívicas que, sin duda alguna, me distinguen de muchos españoles. Incluso de más del 84% de ellos, por hacer uso de la noticia de marras. Los siguientes son los ejemplos que podría haberle dado a mi amiga para demostrarle que un servidor ha hecho lo imposible por intentar arreglar o defender (de la zozobra) su país.

- En abril de este año gasté hasta 40€ de mi bolsillo para registrarme en el censo de españoles en el extranjero para poder votar. Es la cantidad de dinero que tuve que gastarme entre el notario (que certificó mi lugar de residencia), las tasas del ayuntamiento y los sobres y sellos. Me pregunto cuánta gente en mi país estaría dispuesta a pagar 40€ para defenderuno de sus derechos en el extranjero.
- Las malditas hojas de reclamaciones. Creo que en Mediamarkt y en la estación de Santa Justa de Sevilla me tienen ya calado como el 'viejo de los 26 años'. En Alemania sería directamente un Spiessbürger. Un ciudadano excesivamente pulcro con el mantenimiento de las leyes y las costumbres establecidas. Aunque para mí, que a uno le denieguen el acceso a un tren por error de la propia compañía, es algo más que el incumplimiento de las leyes. Es un atropello en toda regla. Me pregunto cual es la media de hojas de reclamaciones de un español en un año. Y de paso, me pregunto también qué hacen en Consumo con esas hojas. ¿Reponer papel higiénico?
-  Cartas al director, comentarios en Internet, debates acalorados en la calle que me han costado más de un disgusto cuando, en teoría, el debate del ágora debería ser la esencia de cualquier Democracia. Siempre que en esta primen las personas cultas, claro.


Coda: en noviembre de 2009 asistí a una conferencia sobre Mariano José de Larra en el Ateneo de Madrid. Uno de los participantes era un descendiente del periodista, Jesús Miranda de Larra. Presentaba 'Larra, el hombre'. Al final de su charla, me acerqué y le pregunté, para un trabajo que preparaba para Historia del Periodismo Español, en qué periódico escribiría su antepasado si hoy viviera. Su respuesta fue 'Público'. Me quedé atónito. Pensé por un momento que yo conocía al escritor mucho mejor que él. Básicamente, es inverosímil que hoy Larra pudiera escribir para Público. Ni siquiera para El País. Con toda la objetividad que me asiste, o como el mismo Larra diría, ''con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado'', me atrevería a decir que el periódico en el que Larra escribiría hoy sería El Mundo. Por la simple razón de que es el único que, más o menos, cultiva el género de lacrítica social. Es decir, no sólo a los políticos, sino a la misma sociedad. Lo vemos con su director en Andalucía, Francisco Rosell; con Carmen Rigalt; con Sánchez Dragó, etc.  

Se puede defender un país de muchas maneras, y ni mucho menos se trata siempre de armas de fuego.

jueves, 3 de julio de 2014

PRIMER DÍA EN CUBA

No necesito escuchar a Alfonso Rojo o a Eduardo Inda para saber lo que hay en Cuba. Tampoco necesito 'contrastar' la información con la sabiduría de Beatriz Montañez. Prescindo de la enriquecedora e inesperada instrucción de Bertín Osborne. Ni siquiera me hace falta que un liberal me diga cuál es el programa oculto de Pablo Iglesias. En estos momentos de auténtica zozobra en mi país, la suerte inmensa que tengo es que soy de los pocos españoles de menos de 30 años que han recorrido 11 de las 15 provincias de Cuba y han estudiado en la Universidad Complutense de Madrid: nido, incubadora, territorio meado y grafiteado -por aquello de marcar territorio- por los creadores de Podemos. 

Si algo me ha cambiado en mi vida, han sido los viajes. Me siento una persona totalmente distinta cuando vuelvo de un nuevo destino. Hay ciertos países que me chocaron más que otros: con 13 años aterricé por primera vez en Estados Unidos, y aquello fue como colarse en una película de Hollywood durante cinco días. Aterrizar en Australia es desconcertante, un tanto molesto y a la vez excitante. Pasar de Tailandia a Laos en canoa es cutre y por lo general chapucero. Pero llegar a Cuba es simplemente apasionante.

El otro día soñé que volvía a Cuba. Era un sueño dentro de un sueño. Mi primer día en Cuba, un día de mitad de agosto de 2009, sentí que maduraba por lo menos cinco años. Me sentí como Tom Hanks en la película Big. Llegué al aeropuerto Internacional José Martí de La Habana buscando al contacto de mi padre, José Luis, hermano del veterinario de nuestros perros, Emilio, un inmigrante que trabajaba en el Podenco de Sevilla. Nunca olvidaré que, al recoger mis maletas y ponerme en la fila de la aduana, los cubanos se saltaban de una cola a otra sin inmutarse ante el que esperaba pacientemente. Tras ese control de pasaportes habia un atril con tres bellas mujeres vestidas con bata blanca que interrogaban al recién llegado sobre su salud. Al recibir un papelito blanco que me advertía de que pasarían por mi casa en unos días para comprobar mi estado de salud, la mujer del control extendió su mano y me preguntó con lástima y voz claramente baja:

- Oye, ¿tú no tendrás unos euritos para que pueda comer y alimentar a mis hijos al llegar a casa? Me bastan unas monedas.

Le di apenas dos euros y pico, la calderilla que tenía en la cartera puesto que lo demás eran dólares americanos, imprescindibles en el país para comprar en los 'supermercados para turistas'. Más que por pena o compasión, se los di con el miedo y el respeto que me daban un país y unos tratos que no conocía.

Quedar con José Luis había sido muy difícil porque no solía contestar a los SMS. Pero ahí me esperaba, en la sala de llegadas, con una hoja en blanco con mi nombre, semblante serio, como cansado, pero una figura robusta y mirada dura, de una persona trabajadora que no ha conocido la diversión. José Luis pasaba los 50 años y aún no había salido de Cuba, pero parecía que había recorrido el mundo entero. Salimos fuera. Bochorno típico del Caribe. Tormentas y viento al fondo: es la imagen más típica de la isla, la de los relámpagos que se deslizan bajo unas nubes que solo había visto en videojuegos como Monkey Island.  

Lo más sorprendente estaba por llegar. El taxista de la zona de aparcamiento nos pidió ayuda a José Luis y a mí para arrancar su coche, un Moskvitch 2140 al que empujamos aliviados por la lluvia fina y fría. Yo estaba convencido de que el taxista era un amigo de José Luis, que nos haría un favor que José Luis le devolvería más tarde. Mientras tanto me había preparado y traía regalos para ambos: El taxista recibiría una maquinilla de afeitar eléctrica y mi nuevo amigo una cartera de cuero. El taxista, nervioso y sin esperar mi regalo, lo cogió sin dar las gracias. Mi colega examinó la cartera inexpresivo, pero dándome las gracias. Avanzábamos por una autopista bastante bien pavimentada (la única terminada en todo el país) en dirección a La Habana y a cada tres kilómetros se sucedían carteles propagandísticos del Che Guevara, Fidel Castro o José Martí. Como en Estados Unidos ocho años antes, me sentía en un escenario de película. 

Al llegar a la casa de Miladys, antigua anfitriona de mi padre, me despedí de mis dos rescatadores y bebí zumo (jugo) de papaya con un montón de tropezones. Lo recuerdo asqueroso pero sé que puse cara de compromiso. A la mañana siguiente, José Luis me anunció: ''Oye, Rafael, tú sabes que me debes 15 CUC (pesos convertibles, equivalentes a $15) por el taxi de ayer''. Me di cuenta que en aquel país nada me iba a salir gratis.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Cuánto necesita el hombre? (Die Zeit, 28-2-13)

Titulo:¿Cuánto necesita el hombre?


Nuestro sistema económico ha topado con un muro (frontera), no podemos seguir consumiendo sin parar. El economista e historiador Robert Skidelsky y su hijo, el filósofo Edward Skidelsky, afirman, que el capitalismo ya no trae ningún bienestar (a occidente), y defienden, lo que es “vivir bien” (“una buena vida”)


Por Wolfgang Uchatius, DieZeit, 28.02.2013


Jan Müller tiene suficiente


La economía debe crecer, crecer, crecer, dicen los políticos de todos los partidos.

Pero, ¿con qué fin? Este es el alegato de un capitalismo dañino


La colcha está doblada, las camisas planchadas, los libros ordenados en laestantería. 14,4 metros cuadrados de orden: Esa es la habitación de Jan Müller.Jan tiene 18 años.  Le gusta Stefan Raab (un showman alemán) y el  FC Köln, le gusta leer las aventuras de HarryPotter  y comenta: “miro el futuro de forma positiva”. En pocos meses hará la selectividad. Si todo sale bien, tendrá 60 años de vida por delante, por lo menos.


Jan pertenece a la primera “hornada” de jóvenes que no tienen que hacer el servicio militar. Pero su patria lo seguirá necesitando. Jan Müller le debe dar a Alemania fuerza nueva. Empuje, energía. Jan tiene que ir mucho de compras, consumir.


“Europa necesita un mayor crecimiento económico” afirma la canciller Angela Merkel de forma breve en una entrevista para un periódico. “Los ratios de crecimiento de nuestra economía deben aumentar de nuevo” afirma el candidato a canciller por el SPD, Peer Steinburg. “Ahora sería suficiente con estabilizar el crecimiento” afirma el jefe del partido “Linken” (izquierda) Bernd Riexinger. “Necesitamos una estrategia de crecimiento” afirma el jefe de los verdes, Jürgen Truttin.

Es el “refrán” de la crisis financiera, la crisis del euro, y la crisis de deuda: más beneficio, más ganancia, más crecimiento! En cada país industrializado se puede escuchar este refrán. Políticos de todos los colores lo desean, que las empresas de sus países año a año produzcan más coches, más cepillos de dientes, más televisores, más camisetas, más sillas de escritorio. Durante 5 10 20 años cada vez más de forma indefinida.


 El entendimiento (sentido común) lo llama desperdicio, derroche, la cultura capitalista lo llama crecimiento.


A veces caemos en el olvido de cómo funcionan las cosas:  Para que la economía crezca, alguien debe comprar todos los nuevos productos que se producen todos los años, durante cinco, durante diez, durante veinte años. Ese alguien deberá ser entonces Jan Müller.


Además, hay que añadir: que Jan Müller, no existe. O de forma más precisa, Jan claro que existe, pero no solo existe uno, existen miles. Él es el típico alemán de 18 años, un modelo creado a partir de una muestra. Conseguido por la agencia de publicidad Jung von Matt (Hamburgo) tras obtener miles de datos y estadísticas.


Jan Müller se llama Jan, porque es el nombre más común entre los de su edad. Vive en Nordrhein- Westfalen (Renania del norte,Westfalia), porque allí se encuentra la mayor población de 18 añeros de Alemania.  Con mamá y papá se entiende muy bien, aunque esto último no es importante para el crecimiento de la economía. Lo que sí es importante, es cómo es el cuarto de Jan Müller.


La gente de Jung von Matt han “construido” el cuarto de Jan. Le han colocado muebles y decorado las paredes. Para ello han usado un póster del puente de Brooklyn, junto a un plano de Manhattan,  porque son las imágenes típicas que utilizan los jóvenes para evocar sus lugares de ensueño. También tiene fotos de su primera novia sobre su escritorio, una caja de condones en el cajón de su mesita de noche, porque también suele ser el propio cuarto, el lugar de las primeras relaciones sexuales. También tiene un viejo osito de peluche al pie de la cama, porque aunque ya sea casi un adulto, aun tiene cierto alo de niño del que no puede desprenderse. La agencia de publicidad, ha construido esta habitación, para pensar el mundo de sensaciones que tienen los jóvenes.Partiendo de aquí y extrapolando todo esto para poder ver el futuro de la economía alemana, surge la siguiente pregunta: ¿Tiene Jan Müller suficiente?


Existe un hombre, que creyó, tener una respuesta para esta pregunta. Y al igual que la empresa de publicidad, modeló a una persona como representación de todas las demás. Sólo que para ello no utilizó datos estadísticos, sino sus propias conclusiones y pensamientos. Presentando finalmente al hombre como un ser insaciable. Llamándolo Homo oeconomicus.


Ese hombre era el ingeniero y sociólogo italiano Vilfredo Pareto. Pareto vivió de 1848 a 1923 y se reconocía a sí mismo como un científico de una “helada neutralidad”. Pareto describió al Homo oeconomicus como un ser sin sentimientos, movido por el deseo de tener cada vez más. Bajo esta imagen del hombre se han basado incluso hasta hoy la mayoría de lasteorías en las ciencias económicas.


Final del siglo XIX, si Pareto trabajara sobre un proyecto, en este caso, en el de hacer un modelo del “hombre medio alemán”.Este se llamaría no Jan, si no Wilhelm (Guillermo), como el Kaiser, Wilhelm Müller. Su esperanza de vida no sería 80 años, sino 45, y a las 6 de la mañana se levantaría cada mañana no para ir al colegio, sino para ir a la fábrica, donde trabajaría de 10 a 11 horas. Por la noche, crujiría la cama, la cual compartiría con sus padres y sus hermanos. Sería poseedor un par de camisas, un par de pantalones, una chaqueta, botas, un trozo de jabón y quizá un traje de domingo. No es por tanto una quimera pensar, que Wilhelm Müller no se puede encontrar satisfecho.


120 años más tarde entramos en la habitación de Jan Müller y vemos que posee un chico de 18 años de hoy día: Una televisión de pantalla plana de 32 pulgadas, un ordanedor con monitor, dos altavoces, unos cascos para escuchar música, un smartphone, CD-radiocasete-grabador, una playstation para jugar y ver DVD, una consola wii, una playstation portátilpara jugar de camino a algún sitio. Además: Una cama, un armario, un escritorio con silla, una calculadora, un despertador, dos balones de fútbol, un balón debaloncesto, otro de voleibol, una mochila, una bola del mundo, muchos pares de zapatillas de deporte así como camisetas, pantalones, chaquetas, libros,juegos, botas, DVDs.


Solo hace falta echar cuentas, si la economía alemana en los próximos años, digamos, tuviera que crecer 3% al año, deberían las empresas alemanas en 25 años ingresar el doble que ahora, y los ciudadanos alemanes, consumir el doble. El típico 18 añero del futuro, llamémoslo Leon Müller, debería por ejemplo tener en su cuarto, una cama el doble de cara, una televisión el doble de cara, o quizás tener dos camas, dos televisores, dos escritorios y seis videoconsolas, pero eso sería muy poco inteligente por su parte. Nadie necesita dos escritorios y 6 videoconsolas. Por lo que para hacer posible la comparación, digamos que debería consumir más cantidad de otro tipo de bienes,sino no podría la economía alemana crecer al 3 %. Debería entonces, digamos,comprar cuatro veces más ropa, ir cinco veces más a menudo al mcdonalds, o seis veces más a menudo al cine o 7 veces más a menudo al estadio de fútbol. Pero, en algún momento tiene Leon Müller también que estudiar para el colegio. No sería otra quimera pensar, que realizar todo lo anterior, sería realmente difícil.


Wilhelm Müller, el chico de 18 años de la época del Kaiser Guillermo, tenía desde el punto de vista económico dos funciones. Trabajador y consumidor. Cuando compraba un trozo de pan, se lo comía al instante, cuando compraba un pantalón, se lo ponía y lo llevaba puesto hasta que se hiciera jirones. La palabra consumir viene de la raíz consumere, que significa: gastar.


En el año 1901, Wilhelm Müller trabajaba ensu fábrica, mientras a 9000 kilómetros al oeste, en una estación de bomberos en Livermore, California alguien enciende la luz. La cual aún sigue encendida. Esa bombilla sigue encendida 112 años después, es la bombilla más antigua del mundo que aún funciona. Todas las bombillas podrían ser igual de duraderas,estás no tienen porque romperse. Pero si fuera así, los productores de bombillas no venderían apenas bombillas. Por lo tanto se pusieron de acuerdo en 1924. Los ingenieros no crearon mejores bombillas sino peores, en 1941 se pusieron de acuerdo los productores firmando el que es conocido como el “cartel Phoebus”, el cual acortaba la vida de las bombillas para poder seguir vendiendo hoy día bombillas.


También Jan es un consumidor. Pero la palabra ya noencaja tan bien como antes. Los alemanes ya no “gastan” lo que compran. Cada año se tira a la basura 6,7 millones de toneladas de bienes a la basura, 800.000 toneladas de ropa, pero también se tiran a veces, móviles, ordenadores,televisores, reproductores de cds e impresoras láser perfectamente reparables como chatarra.


El sentido común dice: eso es un desperdicio. Lacultura capitalista dice: esto es generar crecimiento, progreso. Cada bombilla,cuanto antes se funda, cada bien que se tira, consigue provocar una nueva compra.


Jan Müller posee tres desodorantes en spray diferentes. Se los ha comprado porque, por un lado, tiene miedo a oler mal, por otro lado,  por como es el envase. Axe. Esa marca con esos graciosos anuncios, en donde chicos gracias a su buen olor,consiguen a las mejores chicas. Jan no ha colocado su spray en el baño, sino en la estantería donde los libros. Cualquier persona que entre en su cuarto lo verá allí.


Wilhelm Müller poseerá entre 20 y 30 bienes. En el cuarto de Jan encontraremos por lo menos 500 productos diferentes. Si comparamos ambas cifras, es como si la gente de hoy día, solo pensara en cosas materiales, como si el capitalismo los hubiera “acosado” al hombre(hecho cosa).En realidad lo que ha sucedido, es que las cosas se han “humanizado”, se ha conseguido hacer que bienes, cosas, nos reporten emociones, status. Han conseguido que un bote de spray se convierta, en un bien decorativo.


La pregunta es, ¿cómo seguirá este proceso? ¿Tendrá el joven Leon solo botes de spray en la estantería, en vez de en el baño? ¿Se comprará un vaquero cada semana, porque el anterior ya le da la sensación de que viste mal? ¿Verdaderamente se irá de compras el doble de veces que Jan?

Una posible respuesta es: Sí. Basándonos en la tesis que los más pesimistas llevan creyendo durante años. Según esa tesis, en las economías más avanzadas los deseos de consumir están más que satisfechos, por lo que a partir de ese momento el crecimiento económico se irá hundiendo lentamente sin remisión, pero entonces la gente volverá de nuevo a las tiendas, tirará todo lo viejo para hacer acopiode nuevos productos, por ejemplo: unos vaqueros, o dos, o veinte, pudiendo elegir entre: “Regular Fit, Slim Fit, Loose Fit, Baggy, o campana. También podrá elegir entre un efecto gastado, poco gastado, gastado con arena, gastado con piedra, doble gastado con piedra, blanqueado con piedra, lavado o gastado conácido, gastado marino, look usado o look roto”.

Uno no debe alarmarse moralmente por esto, el sistema funciona: El cliente desea, el capitalismo cumple esos deseos. El ser humano es insaciable, así como el modelo de Homo oeconomicus anuncia. El eterno deseo por tener más genera un crecimiento perpetuo. Eso es así, y así será siempre. Aunque esto es una posible Teoría.  Que solo tiene un fallo: No se correlaciona con la realidad,con los datos. Ya no más.


Durante décadas las empresas han estado creando nuevos productos y abriendo nuevos mercados. Sus ingenieros inventaron y mejoraron frigoríficos, automóviles, televisores, reproductores de video.Cosas, que el mundo no conocía. Y hoy día más que nunca, las empresas siguen buscando cosas así, cosas desconocidas, cosas nuevas para seguir abriendo nuevos mercados. Nunca antes las empresas habían invertido tanto dinero endesarrollo e investigación como hoy día. Nunca se habían registrado tantas patentes. Pero, no es suficiente. La gente no quiere tantas novedades, o quizás no las suficientes. Quizá usted adquiera el último teléfono inteligente, o el portátil más rápido. Pero no es suficiente. Todo esto es posible verlo en estas cifras: En los años 60, la economía Alemana crecía a un 5,4 por ciento anual, en los años 70 a un 3,3 por ciento, diez años más tarde a un 2,6 por ciento, luego a 1,7 por ciento, y entre medias estos dos hubo un crecimiento medio de exactamente un uno por ciento.


Uno podría analizar estos datos y darlos como una debilidad de la economía alemana y achacar esta debilidad y esta falta de hambre de los consumidores alemanes a la fuerte regulación y burocratización del mercado alemán. Pero entonces, sería conveniente analizar el crecimiento económico de otros países, donde los “males” de la burocratización y la férrea regulación alemana no se dan y por lo tanto, no deberían tener estos problemas en el crecimiento de sus economías. Por ejemplo en los EE.UU o en Japón. Sin embargo, en estos países su crecimiento ha ido bajando a lo largo del siglo XX. En realidad todas las economías desarrolladas del mundo capitalistas han perdido fuerza. Todas, da igual si son los EE.UU o Japón, Francia o Gran Bretaña o Italia, Canada, Suiza o Austria: Los índices de crecimiento se hunden, lentamente, pero sin pausa. El sistema pierde su energía.


Que la economía alemana no termine de arrancar, a todo el mundo le parece claro que es debido a que no es capaz de abrir nuevos mercados. Las empresas alemanas venden sus automóviles en China, sus lavadoras en Rusia y sus gel de ducha en Brasil. En países, donde existe la falta deabundancia.


Hace poco tiempo retransmitieron por televisión una película documental sobre un ciudadano chino que se dedicaba a recoger basura. El hombre se hacía acopio de botellas de plástico, latas y objetos de cobre. Que luego vendía a un intermediario, que posteriormente enajenaba estos objetos a empresas las cuales finalmente los fundían. Cuando este hombre terminaba de recoger basura, seguía trabajando echando una mano en alguna obra en los alrededores de su barrio. Y por la noche al igual que Wilhelm, crujía su cama,que compartía con su mujer y sus hijos. Este hombre vive la vida de un obrero industrial alemán de los años del Kaiser Guillermo.


En la película este hombre dice con todo el sentido del mundo: “Trabajo duro, para que mis hijos tengan una vida mejor. Esa es mi filosofía de vida.”


También Jan Müller tiene una frase típica. La agencia de publicidad Jung von Matt, se la ha escrito. Dice así: “Diversión y alegría nunca son suficientes.” En Alemania casi todas las semanas hay algún que otro Talkshow, en donde se escuchan muchas frases del estilo.


A menudo son presidentes de la patronal, otras veces son presidentes de empresas, en otras ocasiones son políticos los que dicen que los alemanes se han vuelto vagos. Que trabajan muy poco. Que les falta mordiente, iniciativa, arrojo para crear crecimiento. Dicen que Alemania debería fijarse más en China. Que China es el futuro del capitalismo, la vanguardia.


Esta no es más que una pobre visión del progreso. Naturalmente que a los alemanes les falta mordiente y han perdido el arrojo. ¿De qué se sorprenden? ¿Por qué Jan Müller debería ser Wilhelm Müller? ¿Por qué debería la gente que ya tiene dos coches en frente de su casa herniarse como  locos? ¿Para comprar un tercer coche? O ¿Una cuarta televisión?.


China no es el futuro del capitalismo, lo es Alemania, lo son los EE.UU, Francia, y todos los países en donde el crecimiento decae porque sus ciudadanos ya han comprado y consumido demasiado.

No es, que en Alemania no exista gente que tenga deseos materiales por satisfacer. Hay millones con sueldos bajos y desempleados que compran sus vaqueros en tiendas a precio de saldo y de segunda mano donde no existe la elección entre miles de modelos y gastados, sino, un modelo único:el modelo “Básico”, por 9,99 euros.


Una política posible que se podría hacer rápidamente, sería la de aumentar los salarios y los subsidios de desempleo,sin hacer quebrar las empresas y sin aumentar la deuda estatal. Con una política así, la sociedad contaría con más dinero para ayudar a que los índices de crecimiento subieran durante un tiempo, hasta que de nuevo se perdiera esa fuerza del consumo interno. (A lo que añado yo, haría aumentar la inflacióny en una economía tan exportadora como la alemana, en últimas consecuencias elparo, pero bueno, sigamos con el razonamiento del autor)


Posteriormente sería el tiempo de reconocer una obviedad: el crecimiento económico incrementa el bienestar humano, pero no para siempre, y por ello el crecimiento sostenido y continuado infinitamente en el tiempo es un sin sentido. En estos últimos años, más fuerte que la idea de bienestar en Alemania, se ha instalado la idea del agotamiento del crecimiento.Ya incluso el agua nos da pistas de la fatiga. En los ríos y lagos ya se han detectado restos de antidepresivos, que algunas personas utilizan porque ya no pueden aguantar la presión del trabajo y de la vida moderna. Antes podrían haber pensado, que les faltaba algo y que gracias a su faena diaria pronto podrían comprarlo. Y entonces aguantaban hasta adquirirlo. Hoy falta esa meta material.


Si le pudiéramos preguntar a Wilhelm Müller, ¿qué significa para ti tener “una buena vida”?, lo más seguro es que nos hubiese contestado: “Un pantalón nuevo. Un buen filete. Una cama para el solo…” Jan Müller, en cambio diría: “Tener una familia- y tiempo para ella.” Uno podría decir que Jan y Wilhelm Müller tienen en común el tener necesidades y el nunca dejar de perseguirlas y de querer saciarlas. Visto así, parece ser que es cierto el postulado del Homo oeconomicus como ser insaciable. Pero siempre hay algo que el hombre necesita que no es un producto, que no es material, que no se puede comprar.


Desde hace 20 años ya se es conocido, que la tierra no tiene recursos ilimitados que se puedan usar como bien nos venga en gana. Y desde entonces el mundo se plantea una pregunta: ¿Cómo es posible la conjunción del capitalismo y la protección del medio ambiente? El problema ecológico es uno de los grandes problemas en la política moderna. Al menos en Alemania.


Mucho tiene que ver, que en los países desarrollados el problema ecológico no sea ya un pregunta menor. ¿Es posible un capitalismo que preserve la prosperidad en lugar de aumentarla para siempre? ¿Puede seguirsiendo una empresa rentable, si deja de crecer? ¿Cómo debe organizarse el mercado, si este está saturado?


Pues este es el término exacto, para nombrar el estado actual de las cosas: Saturado. Aunque esta palabra también es imprecisa. Cuando uno dice, una persona esta saturada, significa que tiene suficiente, que no puede comer más. Cero. Nada. Cuando los expertos en economía dicen que el mercado está saturado, no piensan que no se puedan vender más automóviles en ese mercado. Piensan, que en este año quizás se venda un millón de automóviles y el año que viene de nuevo un millón. El que un mercado no crezca ya se considera saturación.


Alemania no es un mercado saturado. Leon Müller dentro de 25 años no va ha consumir el doble de lo que Jan Müller consume hoy día, pero seguirá yendo a comprar y adquirirá su ordenador, su televisor y su video consola. No vivirá como un asceta. Pero no consumirá lo necesario para mantener los ratios de crecimiento en aumento.


Además, existe otra palabra, una, en la que uno cae cuando ve las cifras que Jung von Matt ha utilizado para medir la altura de Jan Müller: Mide 1,81 metros. Es interesante pues, el historiador económico John Komlos desde hace años ha descubierto la relación entre altura corporal y el estado de bienestar/calidad de vida de una nación. Wilhelm Müller, el típico chico de 18 años de hace un siglo medía: 1,67 metros, 50 años más tarde la media estaba en 1,74 metros, al principio de los 80 se situaba en 1,79 metros. Luego sin embargo, aun con un aumento del crecimiento y de la calidad de vida, disminuía el crecimiento corporal hasta estancarse. Hoy día los antropólogos afirman que la altura de los alemanes ya no aumenta. Ha llegado a su máximo. Jan Müller no es más alto que el típico adolescente de los años noventa. En EE.UU incluso la población está tendiendo a ser menos alta.


Los alemanes no están saturados. Simplemente  han crecido.