sábado, 19 de mayo de 2018

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Actualización 11 marzo 2023
 
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domingo, 1 de mayo de 2016

Los gigantes de hoy

Se acuerda perfectamente del nombre del lugar de la Mancha en el que se encuentra, pero el Quijote no da crédito a lo que ve colgado del antaño inmaculado molino. En el lienzo aparece una estrella, un ídolo, ataviado con una rara prenda, una armadura roja de mangas cortas.

- Mira Sancho! Contempla lo que tenemos delante! Desvélame el nombre de este gigante! Para que pueda soltar mi adarga y alzar mi lanza sin caer en el ridículo de no saber a qué monstruo me enfrento!


- Pero monstruo, señor, usted lo ha dicho! - respondió Sancho, con lágrimas en los ojos-. Todo un gigante, un héroe nacional. Se llama Iniesta!


El Quijote calló, sacudiendo luego la cabeza y preguntándose qué otro héroe nacional podría haber en la Mancha que le sustituyera.


- Calla, Sancho! Es un gigante. Y por muy inhiesta que fuera la figura del monstruo, apresúrate y traeme a Rocinante.


- No se entera. Acepte usted, señor, que ya hay otros referentes culturales que a usted lo han sustituido.


Y los tres acabaron enfilando la carretera nacional, de vuelta por donde habían venido, con la reflexión como único destino.


Rafael González García de Cosío

Heilbronn, Alemania




sábado, 24 de enero de 2015

DE ORGÍAS Y VIVIDORES

Estuve por última vez en Grecia hace 9 meses, en Salónica, a mi vuelta de Israel. Es la típica ciudad mediterránea, con su paseo marítimo, sus toldos, sus mercados y su calorcito estival ya en primavera. También su Torre Blanca, que a cualquier sevillano recuerda a la Torre del Oro. Se trata de una edificación otomana que hace dos siglos se ganó el nombre de 'torre sangrienta' por la matanza de los prisioneros que se hallaban dentro. 

Salónica es la ciudad perfecta para cansarse, por sus innumerables cuestas que conducen, arriba, a su fortaleza. Allí encontré a un californiano que se había recorrido toda Europa en bicicleta y cuya meta era la India: pasaría por Turquía, Irán y Pakistán. Al bajar de nuevo al centro de la ciudad, no sabía qué me podía más, si el hambre o la sed. Empecé a buscar restaurantes tal como bajaba, y como no me quedaba dinero en efectivo, lo primero que preguntaba en cada entrada era si se podía pagar con tarjeta de crédito. No exagero si digo que sólo aceptaban efectivo en los seis o siete primeros restaurantes en los que pregunté. Finalmente llegué a una terraza en la que no había nadie sentado, en un restaurante que, por los muebles, parecía caro. Me dije que ahí tendrían que aceptar tarjetas. Al preguntar al camarero, me dejó aliviado cuando me dijo que sí. Me bebí la botella de agua de sopetón y me comí una ensalada que no era del otro mundo y que me costó 8 euros. Al pedir la cuenta, mi sorpresa fue máxima cuando el camarero me dijo que tenían ''averiado'' el sistema de pago de tarjeta.

Me indignó su excusa, porque había decidido comer en un sitio que no era de mi agrado sólo porque era el único en el que aceptaban tarjetas. El camarero, obviamente, me había metido una trola para que me quedara a comer. Me ofreció una solución: cruzar la calle y que el dueño de un bar amigo (más solvente, se supone) me pasara la tarjeta. La escena fue surrealista. Entrar en un bar, escoltado por el camarero que te acaba de servir en otro sitio, y darle la tarjeta a alguien con el que no has tenido nada que ver. 

Esta es la situación actual de Grecia. Hay varias razones por las que no se permite el pago con tarjeta:

  • Al igual que en el mercado de La Salada, en Argentina, todo comercio que solo acepta dinero en efectivo es un comercio que escapa más fácilmente a los inspectores de Hacienda. El pago con tarjetas de crédito supone un control a rajatabla del pago de impuestos como el IVA. Por eso en Nueva Zelanda, en el siglo XXI, cualquiera puede pagar con tarjeta de crédito hasta en el establo de una granja.
  • El restaurante que acepta el pago con tarjeta se arriesga a que el banco que aporta ese crédito quiebre antes de fin de mes, dada la situación actual del país. 
  • Con la crisis actual, el dinero en efectivo o 'cash' cae, para todo negocio griego, como agua de mayo.

Ayer por la noche, en el debate de La Noche en 24H sobre las elecciones en Grecia, Alfonso Rojo daba un ejemplo clarísimo de la responsabilidad de los griegos en su profunda crisis (palabra precisamente griega que significa cambio, algo que parece no llegar a aquellas tierras). Contaba el ejemplo de una pequeña isla, cuyo nombre no recuerdo, en el que había más de 300 ciegos registrados en la seguridad social, seis de ellos taxistas en activo. ''La isla con más ciegos del mundo'', decía el periodista. 

Todas las encuestas apuntan a que mañana ganará las elecciones Siryza, una formación que no va a ''devolver'' el poder al pueblo, un poder que nunca perdió, sino que va a devolver la buena vida y las orgías a un pueblo irresponsable, egoísta y que, como tantos otros en el Mediterráneo, no evoluciona.

lunes, 19 de enero de 2015

DRACUNCULIASIS ANDALUZA

No todo son malas noticias en los medios. Al menos, las buenas suelen ocultarse.

La dracunculiasis es una enfermedad próxima a la extinción. En 1989 contaba con un millón de enfermos, principalmente en África, mientras que hoy se ha reducido a un par de centenares de afectados, casi todos en Sudán. También llamada enfermedad del gusano de guinea, se trata de una patología en la que un nematodo (lombriz) se aloja bajo la piel de los seres humanos y crece, a veces hasta un metro de longitud. Cuando el animalillo ha alcanzado un desarrollo considerable, el filamento en que se ha convertido se parte en varios pedazos y arroja larvas que alcanzan el agua. En el agua, las larvas son consumidas por diminutos crustáceos llamados copepodos. Si una persona bebe del agua infectada, la larva se aloja bajo su piel y el ciclo vuelve a empezar. No es una enfermedad letal, pero provoca un profundo debilitamiento en quien la padece.

En mi humilde opinión, la Junta de Andalucía es lo más parecido a la dracunculiasis que existe en el día a día de los andaluces. Resulta que desde hace 35 años existe un nematodo gigantesco, que descansa sobre su ancho lomo en San Telmo apoyando su cabeza en Ayamonte y recostando los pies en Almería. Este nematodo se alimenta bajo la piel de Sierra Morena a base de uno de los impuestos más altos del país, y cada cuatro años eclosiona liberando miles de soflamas que caen en el agua contaminada de Canal Sur, el oro líquido del que se alimentan no pocos andaluces para calmar su sed bajo uno de los soles que más castigan en Europa. Así, pese a que ya hay muchos andaluces que conocen la maldad y los destrozos de este gran nematodo, se resisten a señalarlo como principal fuente de su debilidad, y apuntan a fuentes exteriores y aguas extrañas que no conocen y que por tanto les parecen sospechosas.

Saliéndonos de la metáfora de la dracunculiasis, uno podría utilizar un símil futbolero para que lo comprendan los más forofos. Esta semana, el Barça despedía a Zubizarreta como director deportivo a consecuencia del juego mediocre que lleva el equipo en los últimos tiempos. Un equipo que aún encabeza la tabla de la clasificación, pero que tiene, como 'equipo grande' que es, unas expectativas más altas que, digamos, el último de la tabla. Caer a los últimos puestos, y no digamos descender a segunda, sería un error difícil de digerir por este equipo. Es evidente que toda liga de fútbol cuenta con unos puestos de descenso, y es inevitable que todos los años bajen tres a segunda. Pues bien: fijaos que no es la democracia la que ha echado a Zubizarreta, sino el cuerpo directivo del FC Barcelona; son los directivos los que deciden en el Barça, los responsables, como con cualquier empresa privada.

Los directivos de Andalucía ya no son centuriones romanos con órdenes de Roma, ni reyezuelos godos que manden en Toledo. Tampoco califas cordobeses ni reyes cristianos. La Junta Directiva de Andalucía ya no es militar ni tiene su sede en Madrid. La Junta de Andalucía actual es el órgano de gobierno, es decir administración, organización de los andaluces que se la dieron por medio de un estatuto, y por tanto son los ciudadanos andaluces los que conforman esa directiva. Negar la responsabilidad al pueblo andaluz de mantener a este nematodo insaciable, que se protege a sí mismo lanzando larvas de enchufados y soflamas propagandísticas por aguas televisivas, es un error que nos condena al debilitamiento eterno.

sábado, 6 de diciembre de 2014

ANDALUCÍA

Ayer colgué una foto de la Alhambra en la pared de mi mesa de estudio. Al fondo se ve Sierra Nevada. Es una foto legendaria, tomada millones de veces y desde miles de ángulos. Todos la hemos visto alguna vez. En mi opinión, la Alhambra no es sólo el conjunto arquitectónico más bonito de España: es también el más fotogénico, y como tal, si me preguntáis por la imagen que más me gusta y la que mejor identifico con mi país, es esta: la foto de la Alhambra con Sierra Nevada al fondo. Es una foto que me relaja y me trae muchos recuerdos. 

Adoro recordar los tiempos en que mi padre me despertaba temprano, junto a mis hermanos, para ir a esquiar. Era molesto, el zumo no me entraba para nada a esas horas, y el frío era inaguantable. Pero me gusta recordar aquellos tiempos. Me gusta recordar que, cuando conducíamos a Granada, me quedaba dormido, ajeno a los gajes de cualquier oficio y soñando sin la molestia de la crispación de los adultos y el desastre organizativo de la sociedad en la que crecí. Vaya, que todos los hermanos, en nuestra adolescencia, delegábamos toda la indignación a mi padre, que la descargaba sobre otros conductores, dependientes, funcionarios, empleados suyos, etc. Me gustaba parar en los Abades para tomarme esa tostada de paté que siempre entraba mejor que la de Sevilla.

Me gusta también recordar los tiempos del colegio. El equipo de fútbol; las quedadas con amigos, obviamente sin las preocupaciones de ahora; los espectáculos del 'Salón de Actos' de las Carmelitas, normalmente días antes de Navidad. Me gustaba la navidad y el ambiente en la familia. Me gustaba estar en Sanlúcar, jugar al ordenador, con los perros, echar un 'campo a campo' con mi hermano en la pista de tenis. Me gustaba 'jugar en grande', un eufemismo para 'jugar a las casitas'; aunque había pistolas de mixtos de por medio, todo hay que decirlo. Un buen día descubrí el gran potencial de una cámara de vídeo para hacer mis primeros pinitos en la actuación. Hubo algunas escenas míticas, como cuando, con mi perro Ruso al volante de un Suzuki, choqué contra la valla de la pista de tenis. El vídeo, tristemente, se borró al grabar otra cosa con esa cinta.

Pero vamos, que me desvío del tema. Todo esto ocurrió en mi juventud, y ocurrió en Andalucía. Ahora que vivo en Alemania, invoco con mucha frecuencia este tipo de recuerdos. Pero, a diferencia de la práctica totalidad de los españoles en el extranjero, me resisto a caer en la tentación de echar de menos ''Andalucía'' en sí, la tribu, sino que me centro en esos recuerdos precisos con Andalucía como mero complemento circunstancial de lugar. A ver si me explico mejor: paso de aquel argumento de decir 'Andalucía es lo mejón del mundo', porque si de algo me he dado cuenta en mis viajes, es que el lugar es dado, no logrado; y que uno no puede estar orgulloso de lo que ha obtenido por azar, sino por lo que ha conseguido con su esfuerzo. Que lo 'mejón', en definitiva, es lo que uno considera como conocido por tener ahí concentrados a todos sus seres queridos; y claro, si uno no ha salido apenas, obviamente siempre considerará Andalucía como su casa indiscutible. Una casa que parece tener una hipoteca de milenios. 

Para yo echar de menos Andalucía como algo más que un complemento circunstancial de lugar, es decir como apreciado escenario de mis recuerdos, siento que me falta algo muy importante, y es el sentimiento del logro, no el sentimiento de que se me ha dado algo. Porque además no creo que se nos haya dado mucho a los andaluces. Antes al contrario,se nos ha quitado bastante, entre dinero y prestigio, el primero por iniciativa de los gobernantes y el segundo por su incomparecencia. La solución lógica sería animar al pueblo andaluz a que despertara, pero claro, como en una pescadilla que se muerde la cola, a ese andaluz convencido de que Andalucía 'es lo mejó' no le cabrá nunca en la cabeza la posibilidad de que haya otras tierras lejanas donde al pueblo se le ha dado más de lo que se le ha quitado. Y ante la melancolía resultante, a uno solo le queda volver a mirar la foto de la Alhambra con Sierra Nevada al fondo y disfrutar con los recuerdos, que es lo único que no le pueden quitar a uno.

jueves, 4 de septiembre de 2014

ESE 16%

Esta semana hemos tenido la noticia, y luego el debate, alentado por los medios, de que sólo el 16% de los españoles estaría dispuesto a defender España ante una invasión. Luego ha sucedido lo de siempre: comentarios de iluminados que sugieren que ya estamos invadidos, aunque sea por la corrupción; encuestas en los periódicos, como la de El Mundo, en la que los cibernautas mostraron gran arrojo y patriotismo desde las butacas de sus casas para votar -en un 66%- que sí, que ellos sí tendrían huevos de empuñar las armas; y los necesarios porcentajes por comunidades que sugerían que los navarros son los que se sienten menos comprometidos con España mientras que los melillenses son los que más.

Todo esto me ha recordado una pregunta que me hizo una conocida en Sevilla, durante mis vacaciones, hace escasos dos meses. Me preguntó que, si me quejaba tanto de España, por qué no me quedaba en el país para arreglarlo en vez de emigrar. Mi respuesta se redujo a un vanidoso ''ya lo he intentado, amiga'', porque explayarme en una contestación más sustanciosa habría supuesto más vanidad aún. Pero me voy a permitir aquí descargar todo el envanecimiento que me corroe en cuanto a las acciones cívicas que, sin duda alguna, me distinguen de muchos españoles. Incluso de más del 84% de ellos, por hacer uso de la noticia de marras. Los siguientes son los ejemplos que podría haberle dado a mi amiga para demostrarle que un servidor ha hecho lo imposible por intentar arreglar o defender (de la zozobra) su país.

- En abril de este año gasté hasta 40€ de mi bolsillo para registrarme en el censo de españoles en el extranjero para poder votar. Es la cantidad de dinero que tuve que gastarme entre el notario (que certificó mi lugar de residencia), las tasas del ayuntamiento y los sobres y sellos. Me pregunto cuánta gente en mi país estaría dispuesta a pagar 40€ para defenderuno de sus derechos en el extranjero.
- Las malditas hojas de reclamaciones. Creo que en Mediamarkt y en la estación de Santa Justa de Sevilla me tienen ya calado como el 'viejo de los 26 años'. En Alemania sería directamente un Spiessbürger. Un ciudadano excesivamente pulcro con el mantenimiento de las leyes y las costumbres establecidas. Aunque para mí, que a uno le denieguen el acceso a un tren por error de la propia compañía, es algo más que el incumplimiento de las leyes. Es un atropello en toda regla. Me pregunto cual es la media de hojas de reclamaciones de un español en un año. Y de paso, me pregunto también qué hacen en Consumo con esas hojas. ¿Reponer papel higiénico?
-  Cartas al director, comentarios en Internet, debates acalorados en la calle que me han costado más de un disgusto cuando, en teoría, el debate del ágora debería ser la esencia de cualquier Democracia. Siempre que en esta primen las personas cultas, claro.


Coda: en noviembre de 2009 asistí a una conferencia sobre Mariano José de Larra en el Ateneo de Madrid. Uno de los participantes era un descendiente del periodista, Jesús Miranda de Larra. Presentaba 'Larra, el hombre'. Al final de su charla, me acerqué y le pregunté, para un trabajo que preparaba para Historia del Periodismo Español, en qué periódico escribiría su antepasado si hoy viviera. Su respuesta fue 'Público'. Me quedé atónito. Pensé por un momento que yo conocía al escritor mucho mejor que él. Básicamente, es inverosímil que hoy Larra pudiera escribir para Público. Ni siquiera para El País. Con toda la objetividad que me asiste, o como el mismo Larra diría, ''con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado'', me atrevería a decir que el periódico en el que Larra escribiría hoy sería El Mundo. Por la simple razón de que es el único que, más o menos, cultiva el género de lacrítica social. Es decir, no sólo a los políticos, sino a la misma sociedad. Lo vemos con su director en Andalucía, Francisco Rosell; con Carmen Rigalt; con Sánchez Dragó, etc.  

Se puede defender un país de muchas maneras, y ni mucho menos se trata siempre de armas de fuego.

jueves, 3 de julio de 2014

PRIMER DÍA EN CUBA

No necesito escuchar a Alfonso Rojo o a Eduardo Inda para saber lo que hay en Cuba. Tampoco necesito 'contrastar' la información con la sabiduría de Beatriz Montañez. Prescindo de la enriquecedora e inesperada instrucción de Bertín Osborne. Ni siquiera me hace falta que un liberal me diga cuál es el programa oculto de Pablo Iglesias. En estos momentos de auténtica zozobra en mi país, la suerte inmensa que tengo es que soy de los pocos españoles de menos de 30 años que han recorrido 11 de las 15 provincias de Cuba y han estudiado en la Universidad Complutense de Madrid: nido, incubadora, territorio meado y grafiteado -por aquello de marcar territorio- por los creadores de Podemos. 

Si algo me ha cambiado en mi vida, han sido los viajes. Me siento una persona totalmente distinta cuando vuelvo de un nuevo destino. Hay ciertos países que me chocaron más que otros: con 13 años aterricé por primera vez en Estados Unidos, y aquello fue como colarse en una película de Hollywood durante cinco días. Aterrizar en Australia es desconcertante, un tanto molesto y a la vez excitante. Pasar de Tailandia a Laos en canoa es cutre y por lo general chapucero. Pero llegar a Cuba es simplemente apasionante.

El otro día soñé que volvía a Cuba. Era un sueño dentro de un sueño. Mi primer día en Cuba, un día de mitad de agosto de 2009, sentí que maduraba por lo menos cinco años. Me sentí como Tom Hanks en la película Big. Llegué al aeropuerto Internacional José Martí de La Habana buscando al contacto de mi padre, José Luis, hermano del veterinario de nuestros perros, Emilio, un inmigrante que trabajaba en el Podenco de Sevilla. Nunca olvidaré que, al recoger mis maletas y ponerme en la fila de la aduana, los cubanos se saltaban de una cola a otra sin inmutarse ante el que esperaba pacientemente. Tras ese control de pasaportes habia un atril con tres bellas mujeres vestidas con bata blanca que interrogaban al recién llegado sobre su salud. Al recibir un papelito blanco que me advertía de que pasarían por mi casa en unos días para comprobar mi estado de salud, la mujer del control extendió su mano y me preguntó con lástima y voz claramente baja:

- Oye, ¿tú no tendrás unos euritos para que pueda comer y alimentar a mis hijos al llegar a casa? Me bastan unas monedas.

Le di apenas dos euros y pico, la calderilla que tenía en la cartera puesto que lo demás eran dólares americanos, imprescindibles en el país para comprar en los 'supermercados para turistas'. Más que por pena o compasión, se los di con el miedo y el respeto que me daban un país y unos tratos que no conocía.

Quedar con José Luis había sido muy difícil porque no solía contestar a los SMS. Pero ahí me esperaba, en la sala de llegadas, con una hoja en blanco con mi nombre, semblante serio, como cansado, pero una figura robusta y mirada dura, de una persona trabajadora que no ha conocido la diversión. José Luis pasaba los 50 años y aún no había salido de Cuba, pero parecía que había recorrido el mundo entero. Salimos fuera. Bochorno típico del Caribe. Tormentas y viento al fondo: es la imagen más típica de la isla, la de los relámpagos que se deslizan bajo unas nubes que solo había visto en videojuegos como Monkey Island.  

Lo más sorprendente estaba por llegar. El taxista de la zona de aparcamiento nos pidió ayuda a José Luis y a mí para arrancar su coche, un Moskvitch 2140 al que empujamos aliviados por la lluvia fina y fría. Yo estaba convencido de que el taxista era un amigo de José Luis, que nos haría un favor que José Luis le devolvería más tarde. Mientras tanto me había preparado y traía regalos para ambos: El taxista recibiría una maquinilla de afeitar eléctrica y mi nuevo amigo una cartera de cuero. El taxista, nervioso y sin esperar mi regalo, lo cogió sin dar las gracias. Mi colega examinó la cartera inexpresivo, pero dándome las gracias. Avanzábamos por una autopista bastante bien pavimentada (la única terminada en todo el país) en dirección a La Habana y a cada tres kilómetros se sucedían carteles propagandísticos del Che Guevara, Fidel Castro o José Martí. Como en Estados Unidos ocho años antes, me sentía en un escenario de película. 

Al llegar a la casa de Miladys, antigua anfitriona de mi padre, me despedí de mis dos rescatadores y bebí zumo (jugo) de papaya con un montón de tropezones. Lo recuerdo asqueroso pero sé que puse cara de compromiso. A la mañana siguiente, José Luis me anunció: ''Oye, Rafael, tú sabes que me debes 15 CUC (pesos convertibles, equivalentes a $15) por el taxi de ayer''. Me di cuenta que en aquel país nada me iba a salir gratis.